22 abril, 2021
La caza

El gato lleva la caza en la sangre. Se lo acusa de crueldad, dado que a menudo inflige a sus víctimas una muerte lenta y dolorosa… En realizad, al tener pocas ocasiones para la caza, está bastante frustrado y su instinto se agría.

gato en el exterior

Antes al gato se le concedía estar cerca del hombre sólo porque garantizaba la protección de cosechas y graneros contra los roedores. A bordo de las embarcaciones daba caza a las ratas portadoras de la peste; en las rusa acechaba a los ratones… Incluso en nuestros días, en el campo, a menudo es considerado sólo un animal de trabajo, obligado aganarse la comida con su esfuerzo.

Es inconcebible para él quedarse esperando que le abran las cajas de pienso -costumbre típicamente ciudadana— o permanecer tranquilamente sobre las rodillas del amo, también él muy ocupado. ¡El gato es un jornalero como los demás!

En las ciudades, en cambio, el «gato-cojín» es un animal de compañía, alimentado, si no incluso atiborrado, por la mano misericordiosa del hombre, de ronroneo fácil, sin preocupación alguna, en la tibieza de asépticos apartamentos. No tiene esperanzas de poder dar caza a una bestezuela, incluso pequeñísima, bajo un mueble o sobre la moqueta. Pero basta con que una mosca se aventure sobre un cristal para que el gato se espabile, lanzándose sobre la desgraciada con rocambolescas piruetas.

Dejado en libertad en el ambiente natural, incluso el gato que siempre ha vivido cómodamente en un apartamento manifiesta su latente pero insuprimible instinto venatorio. Puede acechar inmóvil durante horas a pequeños animales -pájaros, ratones, etc.- que pasan al alcance de sus zarpas.

Conserva su instinto

El instinto de la caza está ya profundamente impreso en el gatito, pero es la madre quien, como si se tratase de un juego, lo inicia en las técnicas y en las astucias predatorias.

En efecto, el instinto de caza es innato y en nuestros pequeños felinos domésticos está sólo adormercido. Nunca demasiado sepultado, está siempre dispuesto a manifestarse. Para verificarlo, basta con observar el modo con que el gato más pacífico del mundo hace temblar la mandíbula, con los labios y los bigotes estremecidos, a la vista de una paloma posada sobre un tejado. Si se lo deja en un jardín lleno de pájaros, el gato se transforma en un temible cazador, para el cual matar entra en el orden natural de las cosas.

Programado para coger todo aquello que pasa por el campo de su ojo experto, el gato se adiestra desde su más tierna edad en las técnicas de caza, ya presentes en su patrimonio genético. Es la madre quien enseña los movimientos y las astucias a los gatitos: como si se tratase de un juego, lleva al nido inicialmente presas ya muertas, y en una segunda fase aún vivas. a fin de que los cachorros puedan observar e imitar el ejemplo materno.

Es fundamental el papel de la madre para enfocar el comportamiento predatorio. A través de un experimento se ha visto que, de una misma carnada, los gatitos criados por la madre se han vuelto expertos cazadores, mientras que los separados de ella se han demostrado torpes.

El instinto de la caza está ya profundamente impreso en el gatito, pero es la madre quien, como si se tratase de un juego, lo inicia en las técnicas y en las astucias predatorias.

Escondido en la hierba, el gato puede esperar durante horas a que un pájaro imprudente deje la rama en la que está posado para aventurarse en el suelo. Igualmente, siempre con gran paciencia, se apostará ante la madriguera de un ratón de campo hasta que el inconsciente saque la cabeza fuera. Algunos especialistas de la emboscada, sobre todo los gatos jóvenes, son capaces de estar al acecho, inmóviles, durante jornadas enteras.

Los viejos, en cambio, se aburren y a menudo se duermen. Otros, más deportistas, prefieren correr como locos tras los pájaros. En cuanto una presa parece a su alcance, el gato se concentra al máximo, listo para el salto decisivo. Pero, si se muestra demasiado impaciente, e inadvertidamente señala su presencia, pierde de golpe el fruto de largas horas de espera. La rapidez, la habilidad y la posibilidad de mimetizarse son condiciones indispensables para el éxito de la empresa.

El gato es un cazador solitario y no de grupo. Su lema es cada uno por su cuenta. Según sus competencias y aptitudes, improvisa una caza basada tanto en emboscadas cuidadosamente preparadas como en persecuciones desenfrenadas: una vez capturada la presa, se aleja rápidamente con el botín, para ponerse al resguardo de eventuales y ávidos pretendientes.

Una técnica refinada

gato acechando

El gato detecta la presa con la vista y el olfato. Se acerca a ella todo lo posible, arrastrándose por el sucio, rápido y silencioso. Luego se queda inmóvil a la distancia deseada, hace oscilar primero la cabeza y luego el trasero, lo cual lo ayuda a calcular el salto, y con las patas posteriores bien apoyadas en el suelo se lanza con un rápido salto sobre su desventurada víctima, a la que aterra a la vez con la boca y con las patas anteriores.

Auténtico especialista en el arte de la emboscada y el gato recurre a técnicas de caza altamente sofisticadas. La crueldad refinada que muestra después de haber abatido a la presa le sirve tanto para asegurarse de que la víctima se haya vuelto inofensiva como para descargar las tensiones acumuladas durante la caza.

Cae justo sobre la nuca de la víctima para cortarle la medida espinal (mordedura letal) y la mata con una sola dentellada bien asestada. Si los gatos poseen esta capacidad de encontrar inmediatamente el punto estratégico sobre la nuca para paralizar a la presa, se debe también a los sensores situados en la base de sus bigotes y en las almohadillas plantares. En efecto, la extirpación de los bigotes disminuye notablemente su aptitud para la caza.

Pero, voluntariamente, el gato no siempre mata a la presa al primer golpe. Ésta, entonces, es condenada a una lenta agonía. El gato la hace morir poco a poco, para «desahogarse» y satisfacer una pasión tan largamente reprimida. En efecto, en la actualidad los gatos ya no tienen muchas ocasiones para cazar. ¿Quién no ha visto a un gato persiguiendo y atormentando a un ratón haciéndolo saltar y brincar entre sus expertas patas?

Este comportamiento para nosotros cruel en la práctica sirve al gato para asegurarse de que la víctima no pueda «rebelarse», es decir, nuestro felino no se fía para acercarse con el hocico. Sólo cuando la víctima está verdaderamente atontada y sin sentido el gato se decide a darle el golpe mortal sobre la nuca.

No siempre el gato se come a la presa capturada: la caza es un comportamiento instintivo, no dictado por el hambre, por lo que a menudo ocurre que el gato, ya saciado, abandone a su víctima.

En efecto, matar puede ser independiente de la necesidad de alimentarse para los gatos, y algunos sectores de su cerebro intervienen para disociar el instinto de caza de la actividad alimentaria. Todos los gatos domésticos comen, pero sólo el 60% de su caza. Uno se siente tentado a pensar que la selección realizada por el gato en materia de comida o de presas está determinada por sus necesidades nutricionales.

Por ejemplo, devora ante todo el hígado y los tejidos nerviosos, como también el cerebro: estos órganos tienen un elevado contenido de vitaminas A y D y de ácidos grasos, esenciales para su organismo.

Oferta y trofeo

gato al acecho

A menudo los gatos llevan a casa de manera triunfal sus trofeos de caza para obsequiárselos al amo. En este caso el gato asume el papel de padre; sus atenciones hacia nosotros son como las de «mamá gata»  con sus cachorros: «Visto que aún no sois capaces de cazar -parece que quisiera decirnos-, observad y aprended».

Sin embargo, esta demostración de afecto no siempre impresiona favorablemente a los amigos de la naturaleza. Pero es preciso elegir de parte de quién estar: ¿con los gatos o con los pájaros? ¿De qué serviría reprender al felino? No comprendería nada. Es más, ¿cómo podría comprender, si por una parte se lo felicita por haber matado a un ratón y por la otra se le reprocha haber capturado a un inerme pajarillo?

En cualquier caso el atavismo se impone. Incluso en un gato que ha comido hasta saciarse, el instinto reaflora con prepotencia. Todo lo que se mueve fascina a nuestro pequeño felino: intentará febrilmente capturar al vuelo moscas, langostas o mariposas.

En el campo, el gato se enfrentará también a reptiles y conejos. ¡En un apartamento, el gran juego consistirá en sacar fuera del acuario al pez rojo y al canario o al hámster de la jaula!

comparte

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Si continuas utilizando este sitio, aceptas el uso de las cookies. Más información

Los ajustes de cookies en esta web están configurados para «permitir las cookies» y ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues usando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en «Aceptar», estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar